DE ESCLAVOS A PUEBLO DEL PACTO

Hoy es el día 48 de la cuenta del omer. Ya estamos a dos días de Shavuot. Ya vimos que la cuenta del omer conecta con el viaje de Israel de Egipto al Sinaí, desde la redención al pacto de la Toráh. La cuenta del omer se trata de reconocer nuestro proceso de transformación: teshuváh. Nuestro discipulado diario consiste en regresar al pacto del Sinaí por medio de un camino que solo pudo abrir Yeshúa, el Cordero de Elohim, nuestro goel.

«Ustedes han visto lo que he hecho a los egipcios, y cómo los he tomado sobre alas de águilas y los he traído a mí. Ahora pues, si en verdad escuchan mi voz y guardan mi pacto, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel». — Éxodo 19:4-6

De esclavos a pueblo de pacto

La noche que Israel salió de Egipto era sólo un pueblo de esclavos. Llevaban generaciones sometidos bajo el látigo egipcio, un pueblo sin tierra y sin nombre. Sin más identidad que la que les imponía el faraón: mano de obra, números, cuerpos para hacer ladrillos. La esclavitud no solo era una condición externa, era una identidad grabada muy adentro en el corazón. Aunque Israel salió físicamente de Egipto en una noche, sacar a Egipto de su corazón tomó mucho tiempo: fue un largo discipulado en el desierto. Un discipulado basado en una nueva identidad revelada en Éxodo 19. A un pueblo de esclavos acostumbrados a ser humillados y abusados con violencia, el Eterno les dice que serán su tesoro especial, su posesión preciada entre todos los pueblos. Les dice que serán un reino de sacerdotes y una nación santa. En cuestión de cincuenta días el Eterno cambió su identidad de un pueblo esclavo a la identidad de pueblo del pacto y reino sacerdotal.

La clave de esta enseñanza es esta: la nueva identidad no es automática. El Eterno no dijo «ya son mi tesoro y mi reino de sacerdotes, no importa lo que hagan», dijo: «si en verdad escuchan mi voz y guardan mi pacto». La nueva identidad involucra una nueva forma de vivir. Si me lo permiten, hay una frase que resume esta realidad a la perfección:

«Primero hacemos nuestros hábitos, y luego nuestros hábitos nos hacen a nosotros».

Para adquirir su nueva identidad de "reino de sacerdotes y nación santa", Israel primero tenía que cambiar su forma de vivir, su cultura, sus costumbres, sus hábitos, y a partir de esa transformación no solo recibiría las bendiciones del cielo sino que, primero que nada, cambiaría su identidad. El diseño del Eterno era que los hábitos adquiridos como consecuencia de guardar la Toráh los cambiaran por dentro.

Esta es la clave de tu propio discipulado. Tú también saliste de tu propio Egipto. Saliste de las cadenas de tu esclavitud: pecado, una religión vacía, el vacío de una vida sin sentido, en fin, cada uno sabe cuáles eran las cadenas que lo ataban. Pero el Eterno, en su misericordia y su gracia, te sacó de ahí. Te tomó sobre alas de águila y te trajo a él para darte una nueva identidad, una identidad que solo puedes ir adquiriendo mediante el estudio y la práctica de la Toráh, día tras día, semana tras semana.

El discipulado de Yeshúa consiste en que aprendas y obedezcas la Toráh para que el espíritu de santidad te transforme en trigo maduro, grabando en tu corazón cada principio, cada instrucción y cada promesa. Algunos nunca lo entenderán; de hecho, todos los esclavos que salieron de Egipto murieron en el desierto. El desierto —el discipulado de Yeshúa— es para matar la esclavitud que hay en ti, para convertirnos en reino de sacerdotes, en su nación santa... en pueblo del pacto.

¡Maranatha!