LA CUARENTENA DEL DESIERTO
Hay un número que se repite en las Escrituras hasta que deja de parecer casualidad. El diluvio dura cuarenta días. Moisés sube al monte cuarenta días. Israel camina cuarenta años por el desierto. Elías cruza cuarenta días hasta Horeb, Nínive recibe cuarenta días de plazo, y Yeshúa ayuna cuarenta días antes de comenzar su ministerio. Siempre cuarenta.
A primera vista, leemos cada cuarenta de la misma manera: como una temporada dura que hay que aguantar hasta que pase. Un castigo, una prueba, un mal rato que nos toca soportar. Pero quiero detenerme en una pregunta que podría cambiarle el sentido a todo: ¿y si el cuarenta nunca fue el número del castigo?
Y te acordarás de todo el camino por donde YHVH tu Elohim te ha traído por el desierto durante estos cuarenta años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos. Él te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que tú no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte entender que el hombre no solo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca de YHVH.
— Deuteronomio 8:2-3

Fíjate bien en lo que dice el Eterno por medio de Moisés. Aquellos cuarenta años no fueron para destruir a Israel, fueron para saber lo que había en su corazón. El desierto no era el verdugo. Era una prueba, sí, pero una prueba con un propósito mucho más elevado: era el lugar donde un pueblo de esclavos se podía ir convirtiendo, día a día, paso a paso, en un pueblo de pacto.
Hay algo que los sabios de Judá entendieron hace siglos y que a nosotros se nos pasa de largo: el cuarenta nunca ha sido un número de prueba sino uno de la formación, no es un número de destrucción sino uno de gestación. El Talmud enseña que durante los primeros cuarenta días de gestación, el embrión humano pasa de ser agua a ser un cuerpo humano con todos sus órganos y miembros en formación (Yevamot 69b). La mikvé, el baño de inmersión, necesita un mínimo de cuarenta medidas de agua: uno se sumerge y sale como una nueva criatura. Y la Toráh nos enseña que cuarenta años es el tiempo que toma a una nueva generación reemplazar a la anterior (Núm 14:34). Hay un patrón: purificación, renovación, regeneración. El cuarenta, entonces, se parece mucho más a un embarazo que a una condena.
Por eso el desierto. El Eterno no sacó a Israel de Egipto para abandonarlo cuarenta años por pura ira. Lo metió en el vientre del desierto para formarlo. Para sacarle el Egipto que llevaba adentro, para que un pueblo esclavo se desarrollara como un pueblo de pacto.
Yo lo llamo la cuarentena del desierto. Unos años después de mi conversión viví mi propia cuarentena. Fue un tiempo de mucha angustia, frustración y temor que me acorraló hasta que no me quedaba más que confiar en el Eterno. Nunca renegué ni me volví atrás. Entendí que en el desierto estamos llamados a perseverar y a no retroceder. Aunque todo empeoraba a mi alrededor, fui descubriendo que la única forma de hallar la paz era poner mi mente en las cosas de arriba, rendirme a confiar en la provisión espiritual y material de mi Padre Eterno. No fue un proceso agradable pero debo confesar que aprendí mucho tanto del carácter del Eterno como de mi propio carácter. Son cosas que no se aprenden sino viviéndolas. Yo sé que tú sabes de lo que hablo.
El problema es que no todos superan el desierto. Ese es el drama histórico de Israel: muchos de esos cuarenta terminaron mal. Los exploradores miraron la tierra cuarenta días y volvieron con miedo en lugar de fe, y eso les costó el reino (Núm 13 y 14). El vientre estaba ahí, pero el parto se frustró una y otra vez. No era un castigo sin destino, era una gestación que el propio pueblo interrumpió.
Y aquí es donde, para nosotros, todo se cierra.
Yeshúa, nuestro Mesías, entró al desierto y rehízo, en cuarenta días, lo que Israel había reprobado en cuarenta años. Ayunó, fue probado, tuvo hambre... y se mantuvo fiel (Mt 4:2). Y fíjate en este detalle: a cada tentación respondió citando Deuteronomio, que son las palabras que Moisés pronunció al cumplirse los cuarenta años en el desierto. Donde la primera generación murmuró por pan, Yeshúa declaró que no solo de pan vive el hombre. Aprobó la cuarentena y el vientre dio a luz un pacto nuevo.
Después de resucitar, Yeshúa se quedó cuarenta días con sus discípulos y luego ascendió (Hch 1:3). Cuarenta otra vez. Y diez días más tarde, ¿qué llegó? Shavuot: el espíritu derramado, la Toráh escrita en los corazones. Cuarenta más diez, cincuenta. El mismo ritmo de la cuenta del omer que veníamos contando hace unas semanas. ¡La cuarentena no es el destino! La cuarentena es el proceso que nos lleva a un nuevo comienzo. En el Sinaí fue un pacto. Después del diluvio, un mundo lavado. Y después de Yeshúa, el espíritu derramado sobre toda carne.
Para contar el omer reflexionamos, pusimos nuestra mente en las Escrituras cada día (casi) y eso hizo que estuviéramos conscientes de que estábamos en el período de tiempo que nos llevaría a un lugar, a Shavuot.
Así que la pregunta del principio ya tiene su respuesta, y te toca directo a ti. Quizás estás cruzando por una temporada larga y seca, ese desierto donde sientes que solo aguantas y esperas que pase... No es que el Eterno se haya olvidado de ti, mucho menos que te esté castigando. El Eterno te metió en ese desierto por la misma razón que metió a Israel, para formarte, para que muera en ti todo aquello que limita tu fe, para prepararte para entrar al reino en victoria. El desierto te está formando, te está gestando. Está sacando de ti al esclavo para que nazcas como un hombre, una mujer, de pacto.
No te rindas a mitad del cuarenta, toda gestación tiene su parto.
¡Maranatha!