09 del sexto mes / Elul

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El método Pardés

Cuatro claves para ineterpretar el texto bíblico.

Domingo, 9 de agosto del 2026 · 13 min

El método Pardés

Un huerto con muros

Los judíos llevan siglos haciendo una sola cosa con una constancia que impresiona: leer el mismo texto una y otra vez, generación tras generación, sin pausa. Y de tanto leerlo se dieron cuenta de algo que cualquiera que estudie en serio termina descubriendo: la Escritura no se puede entender completamente en una primera lectura. Un pasaje que creías haber entendido te vuelve a hablar años después, y esta vez te dice algo que nunca antes habías notado.

Para explicar este fenómeno, los comentaristas judíos crearon un acróstico con cuatro palabras hebreas: pe-resh-dalet-samej, que se lee pardés. Peshat, remez, derash, sod. Cuatro niveles, cuatro maneras de acercarse al mismo texto.

Y el nombre no es casualidad, porque pardés significa «huerto cercado» o «jardín amurallado».

Fíjate en algo interesante antes de seguir: la palabra pardés no es originalmente hebrea. Es una palabra prestada del persa antiguo. Es un término que significaba literalmente «lo que está rodeado por un muro». Por eso aparece solo tres veces en toda la Tanaj, y siempre en libros vinculados al período persa o a la corte de Salomón:

y una carta para Asaf, guarda del bosque del rey, a fin de que me dé madera para hacer las vigas de las puertas de la fortaleza que está junto al templo, para la muralla de la ciudad y para la casa a la cual iré». Y el rey me lo concedió, porque la mano bondadosa de mi Elohim estaba sobre mí.
— Nehemías 2:8
me hice jardines y huertos, y planté en ellos toda clase de árboles frutales;
— Eclesiastés 2:5
Tus renuevos son paraíso de granados, Con frutas escogidas, alheña y nardos,
— Cantares 4:13

Esa misma palabra viajó al griego como parádeisos, y de ahí llegó al castellano como «paraíso». Cuando los traductores judíos de Alejandría tradujeron el jardín del Edén al griego, usaron esa palabra. Y los escritores mesiánicos la heredaron: «Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Elohim» (Revelación 2:7).

Así que la imagen que está detrás del método es esa: la Escritura como un huerto cerrado, con árboles frutales adentro. No entras a mirar por la reja. Entras, caminas y comes.

Aclaraciones previas

Primero: Algunos afirman que el método Pardés tiene miles de años, pero eso no es cierto. Las palabras peshat y derash sí son antiguas. Aparecen en la literatura rabínica temprana y describen prácticas de interpretación que ya existían en el Segundo Templo, en tiempos de Yeshúa. Pero el acróstico completo con los cuatro niveles ordenados y con ese nombre, probablemente surgió en España en el siglo XIII. Hay debate sobre a quién atribuirlo exactamente.

Segundo: En la tradición rabínica medieval el cuarto nivel, llamado «sod», fue relacionado equivocadamente a la Kábala. Para muchos de los escritores que popularizaron el método, «sod» era el nombre técnico de la lectura kabalística, incluyendo los valores numéricos de las letras, las permutaciones, las sefirot, etc. Pero los discípulos de Yeshúa rechazamos eso, la obediencia a la Toráh nos enseña a descartar la gematría y toda herramienta kábalística. Más adelante te explico cómo entender correctamente el nivel sod desde el concepto bíblico del «misterio» que no tiene nada que ver con la Kábala.

Tercero: Dicho lo anterior, ¿por qué insistir en el uso del método pardes? Porque es una herramienta pedagógica excelente que conecta con una realidad importantísima de las Escrituras: los múltiples niveles de interpretación del texto inspirado. Es importante tener siempre en cuenta que cada pasaje de la Biblia tiene distintos significados, y este método nos ayuda a preguntarnos en qué nivel estamos leyendo el texto, evitando muchísimos errores.

PESHAT — lo simple, lo llano

Peshat viene de una raíz hebrea, pe-shin-tet, que tiene la idea de «extender», «estirar», «dejar plano». El peshat es lo que el texto dice, dicho por quien lo dijo, a quien se lo dijo, en el idioma y la cultura en que se lo dijo.

Ahora, mucho cuidado con una confusión que se repite mucho: peshat no es literalismo. No es leer todo como si fuera un manual de instrucciones. Cuando Yeshúa dice «Y si tu ojo derecho te hace pecar, sácalo y échalo de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (Mateo 5:29), el peshat de esa frase es una hipérbole. Una exageración deliberada, un recurso normal del habla hebrea para decir «esto es tan grave que preferirías perder un ojo antes que caer en ello». El peshat de una hipérbole es la hipérbole. Si te sacas el ojo porque «está literal en el texto» fallaste totalmente al sentido peshat... (en realidad no entendiste el texto en absoluto). Por eso el peshat exige trabajo. Exige preguntar qué significaba esa palabra entonces, qué costumbre había detrás, si el escritor está usando una alegoría, un paralelismo poético, una hendíadis, etc. Exige saber que los manuscritos originales no tenían puntuación, y que por lo tanto una coma mal puesta puede cambiarte una doctrina completa. El caso clásico es Lucas 23:43: dónde pones la coma decide si el Mesías le prometió al criminal estar ese mismo día en el paraíso, o si le dijo ese mismo día una promesa futura. La coma no está en el original. Eso es trabajo de peshat.

Y aquí va una regla extraordinariamente importante, una que los propios rabinos formularon hace mucho y que aparece citada en el Talmud (Shabbat 63a): ein mikrá yotzé midei peshutó, «un texto nunca deja de significar lo que llanamente significa». Ningún nivel superior cancela el peshat. Ninguno. Si tu interpretación «profunda» requiere que el texto no diga lo que dice, tu interpretación está equivocada y punto. Los tres niveles que vienen son ramas del mismo árbol, y si cortas el tronco, se te caen todas.

REMEZ — la pista, el guiño

Remez significa «insinuación», «seña». Es cuando el texto menciona algo breve: una palabra, una frase, media cita, y con eso está apuntando a otro lugar de la Escritura que el oyente ya conocía de memoria. Piénsalo así: si en una conversación alguien te dice «y en ese momento se lavó las manos», tú no entiendes que fue al baño, entiendes que se desentendió del asunto. La frase es corta, pero arrastra una historia completa detrás. Eso es un remez. En el mundo del Segundo Templo esto funcionaba perfecto porque la gente escuchaba las Escrituras leídas en voz alta cada Shabat, año tras año. Bastaba con citar el primer versículo de un salmo para que todos trajeran a la mente el salmo entero.

Y eso es exactamente lo que hizo Yeshúa en el madero. «Y como a la hora novena, Yeshúa exclamó a gran voz, diciendo: “Elí, Elí, ¿lema sabactani?”, es decir, “Mi Elohim, mi Elohim, ¿por qué me has abandonado?”» (Mateo 27:46). Muchos leen ahí solamente un grito de desesperación, pero está citando el primer versículo del Salmo 22. Cualquiera que estuviera al pie de la ejecución sabía cómo seguía: «porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malhechores; me traspasaron las manos y los pies. Puedo contar todos mis huesos. Ellos me miran, me observan; reparten mis vestidos entre sí, y sobre mi ropa echan suertes» (Salmo 22:16-18). Yeshúa no se estaba simplemente quejando, estaba señalando un texto profético que se estaba cumpliendo delante de sus ojos. El sentido Remez cambia bastante la escena.

Otro ejemplo. En la sinagoga de Nazaret, Yeshúa abre el rollo de Isaías y lee: «“El espíritu del Eterno está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año favorable del Eterno”. Cerrando el libro, lo devolvió al asistente y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes acaban de oír”» (Lucas 4:18-21). Ahora busca en Isaías 61:2 y mira dónde cortó la lectura. El versículo completo dice: «para proclamar el año favorable del Eterno, y el día de venganza de nuestro Elohim». Yeshúa leyó hasta «el año favorable» y cerró el rollo. Se detuvo en medio de la frase. Y todos los ojos quedaron fijos en él porque todos sabían perfectamente cómo terminaba el versículo. Ese silencio fue un remez. El día de venganza no era ese día. Todavía no.

Un tercer caso, este más argumentativo. Los saduceos, que no creían en la resurrección, le arman a Yeshúa un caso enredado de una mujer con siete maridos. Y Él les responde: «¿No han leído lo que les fue dicho por Elohim: “Yo soy el Elohim de Abraham, el Elohim de Isaac y el Elohim de Jacob”? Él no es Elohim de muertos, sino de vivos» (Mateo 22:31-32). Yeshúa cita Éxodo 3:6, un texto que aparentemente no habla de resurrección para nada, y de ahí saca la resurrección. El argumento es que el Eterno se presenta en tiempo presente como Elohim de tres hombres que llevaban siglos muertos y enterrados. Si esos hombres quedaran en la nada para siempre, la frase no tendría sentido. Pero el Eterno se compromete con ellos como si el asunto siguiera abierto, porque los va a levantar. El argumento no dice que Abraham anda vivo en algún lugar del cielo, dice que el Eterno garantiza su resurrección. Eso es remez puro: el peso está en algo que el texto no dice de frente, pero que se desprende de cómo lo dice.

El nivel remez es donde más falla la gente. Si conectas dos pasajes solo porque comparten una palabra en castellano, no hiciste remez, hiciste asociación libre. La conexión tiene que estar en el idioma original, o en una cita reconocible, o en un vínculo que el propio texto establece. Si tienes que forzarla, la estás inventando.

DERASH — buscar, escarbar

Derash viene de la raíz dalet-resh-shin, «buscar», «indagar». De ahí vienen las palabras midrash (el resultado de esa búsqueda) y bet midrash (la casa de estudio). El derash busca patrones. Es la lectura que reconoce que el Eterno trabaja con formas que se repiten a lo largo de la historia, y que un evento antiguo puede ser el molde de uno posterior. Es parecido a cuando ves varias películas del mismo director y empiezas a reconocer su manera de filmar. No son la misma película, pero se nota la misma mano. Yeshúa lee así todo el tiempo. Toma a Jonás tres días en el pez y lo usa como molde de su propia sepultura. Toma la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto y la usa como molde de su levantamiento. Y las parábolas funcionan por el mismo mecanismo: una historia terrenal que carga un significado que va más allá de la historia misma.

Pablo hace lo mismo, y a veces lo dice con todas sus letras: «Porque no quiero que ignoren, hermanos, que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube y todos pasaron por el mar. En Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar; todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía. La roca era el Mesías» (1 Corintios 10:1-4). Pablo no está diciendo que en el desierto hubo una piedra rodante persiguiendo a Israel por el Sinaí. Está leyendo el episodio como patrón: hubo una roca que dio agua a un pueblo que se moría de sed, y ese es el molde de lo que el Mesías hace con nosotros. El peshat del relato de Éxodo queda intacto: hubo una roca, hubo agua, hubo pueblo sediento. El derash se monta encima, no lo reemplaza.

El derash sin freno se convierte en alegorismo, que es la enfermedad que se comió la interpretación cristiana desde Orígenes en adelante. Cuando todo el texto es símbolo de otra cosa, el texto deja de decir algo por sí mismo, y termina diciendo lo que el intérprete quiera. Así se justificó, por ejemplo, que las fiestas del Eterno «ya no aplican porque eran solo sombras». El patrón nunca anula el mandamiento.

SOD — el misterio

Sod significa «secreto» o «consejo íntimo». Y aquí es donde tenemos que ser claros, porque este nivel viene con historia complicada. Como ya mencioné, en la tradición rabínica medieval, sod es la lectura mística: gematría, letras con valor numérico, combinaciones ocultas, la estructura de las sefirot. Nosotros no entramos en ese terreno. No porque nos falte curiosidad, sino porque ese sistema hace que el significado del texto dependa de un conocimiento que no está en el texto, y que solo maneja un círculo de iniciados. Eso es exactamente lo contrario de cómo funciona la revelación bíblica.

La verdad es que en las Escrituras, el «misterio» no es información reservada para los kabalistas judíos. Es algo que estuvo escondido y que el Eterno decidió mostrar. «Ciertamente el Eterno Elohim no hace nada sin revelar su secreto a sus siervos los profetas» (Amós 3:7). De hecho, cuando Pablo usa la palabra griega mystérion, la usa siempre así: no como enigma que hay que descifrar con una clave secreta extrabíblica, sino como plan que estaba guardado y ahora está expuesto a la vista de todos a través del evangelio. «Miren, les digo un misterio: no todos dormiremos, pero todos seremos transformados» (1 Corintios 15:51). Ahí el misterio es la resurrección, y la está anunciando en voz alta a una congregación entera.

Entonces, ¿qué es sod para nosotros? Es la lectura de conjunto. Es lo que ves cuando dejas de mirar un versículo y miras el arco completo de la Escritura, desde el jardín hasta la restauración. Es darte cuenta de que el plan del Eterno tiene una forma, y que esa forma solo se distingue desde arriba. Es como armar un rompecabezas. Cada pieza es real, tiene su color y su lugar, y no puedes inventarla. Pero mientras miras una sola pieza, no tienes idea de qué es la imagen. El sod aparece cuando hay suficientes piezas puestas. Y por eso mismo, el sod es el nivel donde más humildad se necesita. La frontera está marcada en la Toráh: «Las cosas secretas pertenecen al Eterno nuestro Elohim, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, para que guardemos todas las palabras de esta Toráh» (Deuteronomio 29:29). Fíjate en el final del versículo, porque es la clave de todo. Lo que se nos revela no se nos revela para que especulemos. Se nos revela para que guardemos. El destino de la profundidad es la obediencia, no la erudición.

Hay una historia rabínica muy conocida sobre esto, en el Talmud (Jaguigá 14b): cuatro sabios entraron al pardés. Uno murió, uno perdió la razón, uno abandonó la fe, y solo uno entró en paz y salió en paz. Es una tradición, no Escritura, y no la cito como autoridad. Pero el punto que hace es real: hay gente que se ha perdido buscando profundidades y ha terminado sin nada. El huerto tiene fruta, pero también tiene por dónde perderse.

Cómo se ve todo esto junto

El método no es una escalera donde subes y dejas atrás el escalón anterior. Es más bien un árbol donde todo está conectado. El peshat es el tronco, y los otros tres son ramas que se nutren de la savia del tronco principal. Si una rama se suelta del tronco, se seca. Y hay algo que no podemos perder de vista: Yeshúa y sus discípulos no usaban estos niveles porque tuvieran un manual con el acróstico. Lo usaban porque así se leía en su mundo. Era el aire que respiraban. Cuando nosotros aprendemos a leer así, no estamos añadiéndole una técnica moderna a la Biblia; estamos volviendo a la manera en que sus propios autores esperaban ser leídos.

Cuatro preguntas te ordenan el trabajo cuando abras un pasaje esta semana. ¿Qué dice el texto, en su idioma y su cultura? ¿A qué otro lugar de la Escritura está apuntando? ¿Qué patrón del Eterno se repite acá? ¿Y dónde encaja esta pieza en la imagen completa? Las cuatro sirven. Pero si tuvieras que quedarte con una sola, quédate con la primera, porque sin ella las otras tres se convierten en imaginación con acento hebreo.

El huerto está abierto. Entra, camina, come. Y no te sueltes del tronco.